ANGÉLICA TANARRO

A propósito de la exposición en la Casa del Siglo XV. Segovia 1994.

EL NORTE DE CASTILLA. 15 de febrero de 1994.

Transparencias liquidas

La Sala madrileña Bárcena y la Galeria del Rancho de Torrecaballeros exponen este mes los últimos trabajos de Patricia H. Azcarate. Su obra no es desconocida en la ciudad que la artista ha elegido, pero su constante evolución es un motivo para reencontrarla.

Sólo ha pasado un año desde su última exposición en la Galería Bárcena y algo más desde la que realizó en La Casa del Siglo XV y la obra de Patricia H. Azcárate no se detiene. Si ya entre ambas había diferencias significativas que mostraban un trabajo incesante y fructífero, el que se acerque a contemplar sus últimas obras comprobará que esta pintora que pasa meses y meses encerrada en su estudio de la carretera de Torrecaballeros mantiene un pulso firme con su propia evolución.
Los cauces por los que un artista se enfrenta a su futuro -y es un enfrentamiento diario porque la creación o es vertigo o no es nada- se reducen prácticamente a dos. Está el que en un momento determinado huye hacia adelante, rompe con el pasado, cambia un camino que agotó sus posibilidades o en el que ya no se encuentra más y esta ese otro que va marcando la propia obra, en el que el artista se deja Ilevar la mano porque el cuadro exige, sigue un curso propio, obliga en una determinada dirección. (Hay otras posibilidades pero tendrían menos que ver con el arte y más con operaciones cosméticas y estas no vienen al caso).
A Patricia siempre le ha gustado escuchar atentamente a los cuadros, es de las que se dejan Ilevar la mano por su propia obra. Por eso, tras la primera sorpresa que producen los cambios de varios meses de trabajo, está el convencimiento de que no son sino los hallazgos propios de quien se entrega a la pintura aislándose del ruido exterior. No se trata de una evolución artificial, ni es una ruptura, estamos ante la consecuencia lógica que impone la materia al adelgazarse.
Porque los campos magneticos que imperaban en su obra se han diluido, han ganado en fluidez; ahora se mezclan con el agua y juegan con el vacío. Es este un tema, el del vacío, que interesa especialmente a Patricia H. Azcarate.
Es curioso que no se haya interesado de forma muy concreta por el arte chino pues una buena parte de su obra actual tiene algunas de sus características e incluso si se adelgaza la mirada se pueden ver rastros caligráficos en sus tentaciones en blanco y negro. Porque también el color se ha diluído hasta casi desaparecer -el freno a ese abismo es un rojo o un magenta que destaca entre los grises- y las manchas se extienden sobre el cuadro que deja ver parte de su piel, sea esta de madera o de tela.
Todo este proceso comenzó -y este es un elemento mes del parentesco oriental- con un apunte de tinta sobre papel y ha desbordado en lienzos, en grandes sábanas e incluso en tablas de madera que aún no han salido de su estudio.
Hay en el otros volúmenes de madera pintados que podrían hablarnos de un camino hacia la escultura si no fuera porque a la artista le interesa más envolver la forma con su pintura, crear la piel, que trabajar la forma misma.