MARCOS R. BARNATÁN

«LIRICOS DE FIN DE SIGLO»./18 pintores. GALERIA: Ex-MEAC (Avda. Juan de Herrera, 2. Ciudad Universitaria). FECHA: Hasta fin de marzo.

EL MUNDO. 16 de Febrero de 1996.

Debemos saludar con efusión este viejo sueño de Dámaso Santos Amestoy, por fin realizado, que es el de reunir en una magna exposición a algunos de los más importantes pintores de los años noventa que practican con éxito la abstracción. Santos Amestoy intenta resucitar el adjetivo lírico para denominar a estos artistas que revitalizan un movimiento que tiene padres tan ilustres en la pintura norteamericana y francesa y en algunos insignes maestros nacionales. Pensemos que la abstracción nunca ha muerto y que Reguera o Ciria pintan en los mismos años en los que el maestro Esteban Vicente sigue haciéndolo en su estudio de Nueva York.

El lirismo, una vertiente de nuestra pintura que Juan Manuel Bonet explica con su habitual erudición, parece resurgir en las obras de los dieciocho artistas seleccionados por Santos Amestoy, aunque la etiqueta sea lo suficientemente flexible como para que quepan en ella diferentes matices de una poesía que en algunos casos resulta ser más épica que lírica.

La exposición la abre la espléndida obra mayor de Patricia Azcárate (1959), un verdadero tour de force de esta excelente artista. Los trabajos de Darío Basso (fuertes, matéricos), la apacible geometría de José Bellosillo y la poesía más compleja de Pedro Castrortega (1956), dan tres versiones intensas y distintas del lenguaje plural de la abstracción de los noventa. José Manuel Ciria, por su parte, nos sorprende con dos grandes piezas en blanco y negro que marcan un giro excelente en su ya decantada obra.

El argentino de Madrid, Alejandro Corujeira (1961) aporta una entonación constructivista y nos muestra Cielo al revés, una tela seguramente importante para su destino inmediato. Luis Fega da una nota de sana violencia al gesto, que en Fernández Pera se diluye vaporoso, y los seniors Xavier Grau (1951), Xesús Vázquez (1946) y Diego Moya (1943) acompañan a los más jóvenes con airosa jovialidad.

Espléndida la capilla reservada a cuatro grandes piezas de Alberto Reguera (1961), que asume con su ya tradicional maestría los grandes formatos. Un Reguera especialmente vigoroso y rotundo. Por fin, Manolo Rey Fueyo (uno de sus cuadros, La visita, insinúa una feliz visita a Rothko), Felicidad Moreno, Charo Pradas, un silencioso Julio Toquero (1964), Rafael Satrústegui (1960) y el más joven Javier Riera, completan el plantel de los elegidos. Líricos o épicos, un gran acierto de Santos Amestoy reunirlos y una visita obligada que recompensa a los que venzan la pereza.